viernes, 4 de julio de 2014
Una derrota no significa el fin del camino..
La Selección Colombia arribaba a fortaleza para disputar el partido al que todos llamaban “el de la gloria”. Enfrente se encontraba la Brasil de Scolari, esa que renuncia a jugar bien o quizás de forma vistosa para aspirar a ganar el Mundial disputado en su comarca de cualquier forma. Porque eso, el cómo, es lo que menos interesa cuando lo que se quiere es ganar y seguir aplacando las aguas turbias que ha provocado la realización del torneo entre algunos de sus habitantes.
José decidía instaurar en el once inicialista dos cambios. El primero, y cantado, era el ingreso de Ibarbo en lugar de Jackson. Víctor volvía a la titular para, entre otras cosas, cumplir la función de taponar las proyecciones de Maicon. El segundo fue inesperado. O al menos para mí. Guarin ingresaba por Abel Aguilar. Pékerman presentía un partido de mucha más ida-vuelta, desgaste, correr y Fredy cumplía con el perfil adecuado. En la otra orilla, Felipao introducía dos cambios con respecto al once que enfrentó a Chile en octavos. Uno por obligación y otro por decisión técnica. Maicon ganaba la titularidad en el lateral derecho en detrimento de Alves y Paulinho lo hacía en lugar del apercibido Luiz Gustavo.
La primera escena del partido no iniciaba de la mejor forma para los cafeteros. Un gol tempranero de Thiago Silva cuando el reloj apenas anunciaba el minuto 7 caligrafiaba un escenario que la tricolor no había vivenciado en el transcurso del Mundial: jugar con el marcador en desventaja. Esto hizo que Brasil creciera en el despliegue de su juego, ese que ha sido distinto al que todas las seleccionas cariocas han exhibido durante estas citas mundialistas, mientras sumergía a Colombia en una burbuja de desespero, angustia, afán y demás por conseguir de forma inmediata la anotación de la igualdad.
La premura por llegar a ese anhelado gol llevó a que la pausa, respiro, tranquilidad para construir juego no apareciera con claridad, de forma concreta. Y eso el juego los dirigidos por Néstor sobre el Castelao lo evidenció de forma clara. Imprecisa en ataque, nula asociación, incapacidad para anudar juego en campo rival, abundancia de espacios sobre mitad de campo, distracciones, comportamientos colectivos desacertados, etc. No se estaba jugando bien. Sin embargo, Ospina, una y otra vez, insistía con sus paradas a darnos vida ante un Brasil que creaba opciones más por fuerza y corazón que por fútbol.
La puesta en marcha del entretiempo significaba reflexión. Había que empezar a dejar de lado al árbitro, el juego-fricción de Brasil, la euforia de la tribuna, la ansiedad de los que lo veíamos por TV y sintonizar con las ideas que nos habían incrustado en esta copa del mundo. El sentido de juego que la semilla de café da a este equipo había que molerlo.
Y eso se aplicó, incluso, con la entrada misma de Ramos. De inicio en el segundo acto la tranquilidad ya se asomaba a la ventana. James empezó a conectar de forma más constante y efectiva con sus compañeros. Teo (que para mí fue de lo mejor en ataque dentro del desconcierto primario) entró más en juego. Armero, ante el tiempo y espacio que da la pausa, realizó más y mejores proyecciones por banda. Guarín se posicionó mejor, achicó y comprimió mejor los espacios. Eso era; la mejoría era evidente. Brasil seguía en su plan. Ser vertical ante la oferta de espacio, explotar las espaldas de los volantes externos de Colombia y, en última instancia, llegar al gol que diera por sentenciado todo.
No obstante, y aunque la sensación del gol estuviese más del lado del submarino amarillo, apareció David Luiz con un gol de libre directo espectacular. Digno de los platos más deliciosos del mundo. Era el segundo de la verde-amarella y aquí ya todo parecía sentenciado. Quién sabe? Habría preguntado James que luego del gol del central no se escondió, pidió el balón con una naturalidad impresionante, transfirió el calor de su cuerpo al equipo, no sintió miedo y prolongo, a falta de diez minutos para el final, el sueño de alcanzar la gloria transformando en gol un penal de Julio Cesar sobre Bacca.
El polvillo celestial de llegar a semifinales se fue desvaneciendo con la llegada de los minutos finales. Minutos en los que cada uno de los jugadores, armados únicamente de valor, coraje, temple, hicieron sufrir al anfitrión. Llevándolos hasta el punto de hacerlos gritar pidiendo tiempo al referí e interon, derrochando hasta la última gota de sudor, llegar allá donde el destino, hoy, nos cierra la puerta arrojándonos un pañuelo en el que vienen envueltos buenos deseos.
Se fue el sueño de todos. Se esfumó la idea de pasar de ronda pero no con ella el orgullo, la alegría, la emoción de saber que con este grupo de jugadores se alcanzó la mejor actuación de la historia del fútbol colombiano. Y qué mejor que estar en primer asiento disfrutando de cada esfuerzo, gol, atajada, lagrima de un puñado de hombres que jugando al fútbol demostraron grandes cualidades y virtudes de la vida. De esa que, al igual que al fútbol, enseña a masticar decepciones y alegrías, triunfos y fracasos pero, que por encima de todo, exhibe que durante el camino hay que asumir las caídas con la cabeza en alto, como lo ha hecho hoy este grupo de luchadores.
A seguir soñando, que los sueños no acaban con un vencimiento y nunca tendrán límites.
Por: John Alegrias ( @Culpable_ ) para http://wf11blog.wordpress.com/
*Foto: imageforum-difussion.afp.com
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